Honor y Fidelidad

Existe una expresión breve, rotunda, comprometida, que se utiliza con cierta frecuencia en el lenguaje coloquial para señalar inmediatez, acción muchas veces irreflexiva, impulsiva, de decisión irreversible: «Dicho y hecho», el «pensat i fet» de los herederos del Rey Jaime I del litoral mediterráneo español. Pero tan breve sentencia encierra una reflexión de mucho mayor calado.
Léon Degrelle era un hombre elocuente, un tribuno, un comunicador de ideas e ilusiones, de proyectos y entusiasmos, de anhelos y de grandezas, de sueños y realidades. Con propiedad podía concluir con este broche sus intervenciones: He dicho.
Pero simultáneamente a su palabra, en conexión directa, está su obra, sus vivencias, su entrega, sus gestos y gestas. En simbiosis plena y total, lo genuinamente elocuente en Léon eran las realidades, los actos heroicos. Como orador era brillante, como ejecutor de doctrina e ideales, consecuente. Al final de su capítulo, con la misma firmeza, orgullosamente, aunque sin jactancia, podría haber resumido: He cumplido.
La figura histórica de Léon Degrelle se agiganta hoy sobre el mundo democrático, donde el sistema perverso de simulaciones y engaños nos emponzoña con sus promesas incumplidas y sus palabras altisonantes y vacuas, retórica formal, insustancial. Los políticos democráticos halagan a sus auditorios en campaña con empeños irrealizables a sabiendas de que no cumplirán sus ofertas de marketing que prodigan con voracidad recaudatoria de papeletas. Los programas, en el falso sistema de la irresponsabilidad circundante, nacen viciados con el propósito firme de su incumplimiento. La mentira, bien manejada por sus maestros, es el arma de las campañas, donde no hay nada más cierto ni verdadero que la falsedad del propio sistema, porque «mentir es una forma más de ser hábil». En democracia se dice una cosa y se hace lo contrario, la palabra carece de credibilidad y hasta lo que legítima el mandato de los elegidos es el anonimato del voto escrutado, el voto escondido y secreto depositado en una urna, por unos electorales arrastrados, cuando no obligados, a representar una ceremonia bajo el síndrome del engaño de programas y promesas fraudulentos, de palabras sutiles aventadas con machacona y simulada propaganda.
Pero si de la palabra del «sistema» no se puede uno fiar, los hechos de sus representantes son aún más impresentables por ser auténticos cirigallos. El sistema dice lo que no hace y hace lo que no dice.
No hay líderes, caballeros, hombres de honor, caudillos, jefes naturales. En democracia abundan los mediocres, los fariseos, que cobardemente justifican sus errores y fracasos en el respaldo popular. No hay en el sistema personajes políticos que sean referentes ni por sus palabras, ni por sus pompas.
La vida de Léon Degrelle, como contrapunto, fue una auténtica epopeya. Tenía la firmeza de la convicción arraigada, profunda, religiosa, mística, y por eso su verdad era espontánea y sentimental, convincente, pasional. Sus razones dialécticas estaban fundadas en buenas maneras y formas de actuar y su comportamiento fue el correlativo de su pensamiento. Su palabra dada era una palabra de honor, un juramento empeñado con sus interlocutores que no sólo estaba dispuesto a cumplir sino que su compromiso asumido, sin más certeza que su expresión verbal, lo entendía como digno del mayor de los sacrificios.
León Degrelle era un hombre de fe religiosa y política con severos principios de arraigado y estricto cumplimiento. No era de aquellos que dicen «haced lo que yo os diga y no lo que yo haga». Era un apóstol de la «revolución de las almas» y tan importante es su prédica como su ejecutoria.
Su carácter era armónico entre pensamiento y acción. Allá donde se agotan sus discursos se pueden prolongar con sus hazañas y la lección de su ejemplo, de su imagen pública y privada, de su actitud ante Dios y ante la Historia, son más explícitos y reveladores que las más complejas disquisiciones, que los más bellos términos, que las expresiones más didácticas.
Léon Degrelle era un teórico practicante y un empírico del ideal.
Los discípulos y seguidores de los grandes fundadores de religiones toman al pie de la letra, como dogma, la palabra revelada y como espejo, como imitatio, el ejemplo de la vida de sus protagonistas. Los caudillos son quienes dan la voz de ¡Adelante! y marchan en vanguardia de sus compañeros. Los santos lo son no sólo por haber predicado la buena nueva, sino porque la han interiorizado, asumido, vivido tan apasionadamente que muchas veces han lacrado con sangre martirial su devoción. El cirujano no es quien dicta bien en un aula, o es capaz de dar una magnífica conferencia, sino el que sana y cura, simultáneamente, con la misma eminencia en un quirófano. El político, al estilo de Léon Degrelle, es aquel que se impone porque se expone y que es capaz de asumir con firma y rúbrica, con dedicación y entrega, con oración gramatical y con trabajo cotidiano, con amor y sin odio, el primer puesto en la inteligencia y en el riesgo y que tiene a gala el servir y a honor el morir.
Degrelle es un hombre de mensaje y de misión. Tiene el don de la palabra, la virtud del guerrero, el estilo del escritor, el recogimiento del místico, la sencillez del superior, el alma del poeta, la alegría del útil, la fidelidad del creyente y la talla del político fascista digno y revolucionario del nuevo amanecer europeo. Su alma arde y su músculo vibra. Su inteligencia imagina e intuye el contraste que marca su realidad hecha impronta indeleble. Recorre el camino de la vida atléticamente, portando a veces la antorcha y en los relevos la espada. Luz y gladio. Ideal y cruzada. Nos decía Léon que el «ideal hay que construirlo dentro mismo de nuestro vivir». La vida como milicia entendida al modo de sacrificado servicio a Dios, a la Patria, a la justicia, a la cultura milenaria, a la Ley genuina y natural, a la estirpe para defender la nobleza del ser humano y atacar la iniquidad de los mayores «enemigos de la humanidad» que todos sabemos por su perfidia quienes son, los de siempre, los que hacen de la mentira verdad y falsean la Historia en su exclusivo y excluyente lucro usurero.
Degrelle es un paradigma de la vida recta, de la palabra cumplida, del deber ejercido. Jamás arrojó al héroe que se cobijaba en su interior.
El libro firma y rubrica es una confesión íntima, realizada en voz alta, en ningún caso una contrición. Es la expresión dialogada de un acontecer vital ajustado a un pensamiento perenne y magnífico. Es una hoja de servicios, resumida y sucinta, pero suficiente, para quien puede decir alto y claro «dicho y hecho» «pensat i fet».
Cuando las ideas expuestas por Léon Degrelle queden liberadas del yugo circunfuso, de la púa sionista de equino fósil que se viene usando como amuleto, del cordón «profiláctico» que ahora atenaza a la humanidad, y su vida se descubra como lo que fue, antes de que sea demasiado tarde, una leyenda viva, el mundo reconocerá en Degrelle al Caudillo de Europa.
- José Luis Jerez Riesco

posted by Nacionalista @ 7:21 da tarde,

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