Nacional-Sindicalismo

Ao passo que no Corporativismo o pensamento humano se eleva buscando uma construção de equilíbrio e tolerância recíproca, o Socialismo e o Comunismo proclamam a guerra de classes, que revela a existência de um fundo de ódio e inveja colectivas, que tem, sem dúvida, uma origem no ódio e na inveja individual.

Isto quer dizer que essas doutrinas partem dum estado de espírito especial, de cada indivíduo, que se revolta contra outros indivíduos.

O que é isto, senão individualismo e egoísmo; senão o desenvolvimento e extensão a um agrupamento de indivíduos, mais ou menos numerosos (os partidos respectivos) desses maus sentimentos da Democracia?

Deste modo essas doutrinas aparecem-nos como um estágio ulterior da Democracia, com todos os seus vícios e defeitos.

E é, na realidade, o que elas são.

Assim, o Socialismo e o Comunismo não fazem senão prolongar, continuar a Democracia, agravando os seus males, que tão duramente pesam sobre as classes trabalhadoras. Pelo contrário, no Corporativismo, a humanidade, guiada pelo Poder da Inteligência ao serviço do Interesse Social, vai muito mais longe e muito mais radicalmente, porque, numa verdadeira Revolução, transforma, de facto, a estrutura e a organização política e social da Nação, melhorando-as, para bem de todos.

- José Luiz Supico, “Doutrina Nacional-sindicalista (Aspectos económico-sociais)”

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Humor suíço

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Mais música

Hoje é a vez dos portugueses LusitanOi!, com a música A Nossa Luta.

A NOSSA LUTA

Estamos revoltados
Com a presente corrupção,
Somos jovens soldados
Na luta pela Nação.
Somos defensores
Da causa nacionalista,
Seremos os destruidores
Da máquina capitalista.

Somos enganados
Há mais de uma geração,
Não vamos ficar sentados,
Faremos a revolução
Contra democratas opressores
E a corja comunista,
Que são os deturpadores
Do ideal organicista.

Fiéis a Portugal,
À nossa história e tradição.
Lutaremos com bravura
Contra o sistema mentiroso
Corrigir o que está mal,
Lutar contra a opressão.
Derrubaremos a estrutura
Deste governo vergonhoso.

Lutamos em defesa
Da justiça social,
Da honra portuguesa
E do interesse nacional.
Unidos para vencer,
Nada nos poderá parar.
Movidos pelo saber
De que iremos ganhar.

Combatemos com coragem
Nesta luta desigual,
Ao lado dos que agem
Para o bem de Portugal.
Temos o poder
Para tudo mudar,
A vontade e o querer
De a vitória alcançar.

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Música nova

Aqui o escriba anda com pouca paciência para a escrita, por isso deixo-vos com uma música nova: Guerra al Invasor, dos espanhóis Estirpe Imperial.
¡no pisará vuestra tumba la planta del extranjero!

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Immigration Gumballs

Uma perspectiva ambientalista sobre a imigração maciça. A ver aqui.

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Uma notícia que não vamos ouvir nos telejornais...

The pair were approved as foster carers by Wakefield Council in July 2003, but within months they were using the boys from troubled homes for their own sexual gratification, the court was told.

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Isto é capaz de ser interessante…

IMPERIUM,
Francis Parker Yockey

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The Deadly Twins

The Deadly Twins, a ler aqui.

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Honor y Fidelidad

Existe una expresión breve, rotunda, comprometida, que se utiliza con cierta frecuencia en el lenguaje coloquial para señalar inmediatez, acción muchas veces irreflexiva, impulsiva, de decisión irreversible: «Dicho y hecho», el «pensat i fet» de los herederos del Rey Jaime I del litoral mediterráneo español. Pero tan breve sentencia encierra una reflexión de mucho mayor calado.
Léon Degrelle era un hombre elocuente, un tribuno, un comunicador de ideas e ilusiones, de proyectos y entusiasmos, de anhelos y de grandezas, de sueños y realidades. Con propiedad podía concluir con este broche sus intervenciones: He dicho.
Pero simultáneamente a su palabra, en conexión directa, está su obra, sus vivencias, su entrega, sus gestos y gestas. En simbiosis plena y total, lo genuinamente elocuente en Léon eran las realidades, los actos heroicos. Como orador era brillante, como ejecutor de doctrina e ideales, consecuente. Al final de su capítulo, con la misma firmeza, orgullosamente, aunque sin jactancia, podría haber resumido: He cumplido.
La figura histórica de Léon Degrelle se agiganta hoy sobre el mundo democrático, donde el sistema perverso de simulaciones y engaños nos emponzoña con sus promesas incumplidas y sus palabras altisonantes y vacuas, retórica formal, insustancial. Los políticos democráticos halagan a sus auditorios en campaña con empeños irrealizables a sabiendas de que no cumplirán sus ofertas de marketing que prodigan con voracidad recaudatoria de papeletas. Los programas, en el falso sistema de la irresponsabilidad circundante, nacen viciados con el propósito firme de su incumplimiento. La mentira, bien manejada por sus maestros, es el arma de las campañas, donde no hay nada más cierto ni verdadero que la falsedad del propio sistema, porque «mentir es una forma más de ser hábil». En democracia se dice una cosa y se hace lo contrario, la palabra carece de credibilidad y hasta lo que legítima el mandato de los elegidos es el anonimato del voto escrutado, el voto escondido y secreto depositado en una urna, por unos electorales arrastrados, cuando no obligados, a representar una ceremonia bajo el síndrome del engaño de programas y promesas fraudulentos, de palabras sutiles aventadas con machacona y simulada propaganda.
Pero si de la palabra del «sistema» no se puede uno fiar, los hechos de sus representantes son aún más impresentables por ser auténticos cirigallos. El sistema dice lo que no hace y hace lo que no dice.
No hay líderes, caballeros, hombres de honor, caudillos, jefes naturales. En democracia abundan los mediocres, los fariseos, que cobardemente justifican sus errores y fracasos en el respaldo popular. No hay en el sistema personajes políticos que sean referentes ni por sus palabras, ni por sus pompas.
La vida de Léon Degrelle, como contrapunto, fue una auténtica epopeya. Tenía la firmeza de la convicción arraigada, profunda, religiosa, mística, y por eso su verdad era espontánea y sentimental, convincente, pasional. Sus razones dialécticas estaban fundadas en buenas maneras y formas de actuar y su comportamiento fue el correlativo de su pensamiento. Su palabra dada era una palabra de honor, un juramento empeñado con sus interlocutores que no sólo estaba dispuesto a cumplir sino que su compromiso asumido, sin más certeza que su expresión verbal, lo entendía como digno del mayor de los sacrificios.
León Degrelle era un hombre de fe religiosa y política con severos principios de arraigado y estricto cumplimiento. No era de aquellos que dicen «haced lo que yo os diga y no lo que yo haga». Era un apóstol de la «revolución de las almas» y tan importante es su prédica como su ejecutoria.
Su carácter era armónico entre pensamiento y acción. Allá donde se agotan sus discursos se pueden prolongar con sus hazañas y la lección de su ejemplo, de su imagen pública y privada, de su actitud ante Dios y ante la Historia, son más explícitos y reveladores que las más complejas disquisiciones, que los más bellos términos, que las expresiones más didácticas.
Léon Degrelle era un teórico practicante y un empírico del ideal.
Los discípulos y seguidores de los grandes fundadores de religiones toman al pie de la letra, como dogma, la palabra revelada y como espejo, como imitatio, el ejemplo de la vida de sus protagonistas. Los caudillos son quienes dan la voz de ¡Adelante! y marchan en vanguardia de sus compañeros. Los santos lo son no sólo por haber predicado la buena nueva, sino porque la han interiorizado, asumido, vivido tan apasionadamente que muchas veces han lacrado con sangre martirial su devoción. El cirujano no es quien dicta bien en un aula, o es capaz de dar una magnífica conferencia, sino el que sana y cura, simultáneamente, con la misma eminencia en un quirófano. El político, al estilo de Léon Degrelle, es aquel que se impone porque se expone y que es capaz de asumir con firma y rúbrica, con dedicación y entrega, con oración gramatical y con trabajo cotidiano, con amor y sin odio, el primer puesto en la inteligencia y en el riesgo y que tiene a gala el servir y a honor el morir.
Degrelle es un hombre de mensaje y de misión. Tiene el don de la palabra, la virtud del guerrero, el estilo del escritor, el recogimiento del místico, la sencillez del superior, el alma del poeta, la alegría del útil, la fidelidad del creyente y la talla del político fascista digno y revolucionario del nuevo amanecer europeo. Su alma arde y su músculo vibra. Su inteligencia imagina e intuye el contraste que marca su realidad hecha impronta indeleble. Recorre el camino de la vida atléticamente, portando a veces la antorcha y en los relevos la espada. Luz y gladio. Ideal y cruzada. Nos decía Léon que el «ideal hay que construirlo dentro mismo de nuestro vivir». La vida como milicia entendida al modo de sacrificado servicio a Dios, a la Patria, a la justicia, a la cultura milenaria, a la Ley genuina y natural, a la estirpe para defender la nobleza del ser humano y atacar la iniquidad de los mayores «enemigos de la humanidad» que todos sabemos por su perfidia quienes son, los de siempre, los que hacen de la mentira verdad y falsean la Historia en su exclusivo y excluyente lucro usurero.
Degrelle es un paradigma de la vida recta, de la palabra cumplida, del deber ejercido. Jamás arrojó al héroe que se cobijaba en su interior.
El libro firma y rubrica es una confesión íntima, realizada en voz alta, en ningún caso una contrición. Es la expresión dialogada de un acontecer vital ajustado a un pensamiento perenne y magnífico. Es una hoja de servicios, resumida y sucinta, pero suficiente, para quien puede decir alto y claro «dicho y hecho» «pensat i fet».
Cuando las ideas expuestas por Léon Degrelle queden liberadas del yugo circunfuso, de la púa sionista de equino fósil que se viene usando como amuleto, del cordón «profiláctico» que ahora atenaza a la humanidad, y su vida se descubra como lo que fue, antes de que sea demasiado tarde, una leyenda viva, el mundo reconocerá en Degrelle al Caudillo de Europa.
- José Luis Jerez Riesco

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Almas Republicanas

Chamou António Sérgio aos integralistas, ou, pelo menos, aos melhores dos integralistas (o que, para o caso, não é indiferente!) «almas republicanas». Não repelirei, por minha parte, a designação, desde que lhe precisemos o sentido. Já no seu tempo Bonald observava — e Bonald, doutor da Contra-Revolução, deve-nos ser insuspeito! —, que o que tornava o homem forte na sociedade era a mistura dos sentimentos de independência republicana com os princípios da fidelidade e da obediência monárquica. Em semelhante definição nos situamos nós, os integralistas, a quem António Sérgio se dirige.

Defensores, contra a centralização abusiva do Estado moderno, — ou seja ele de estrutura electiva, ou simplesmente monárquico-liberal —, daquele perdido localismo municipal, corporativo e provincialista, em que nasciam e se robusteciam as virtudes cívicas dos antigos cidadãos, o adjectivo «republicano» pode caber-nos, na verdade, logo que o restituamos ao sentido apontado.

Exprime até magnificamente o nosso protesto político perante o que são hoje as «repúblicas», como sistemas de governo, — máquinas de burocracia congestiva, em que as oligarquias, tanto partidaristas como plutocráticas, asfixiam as livres iniciativas não só dos indivíduos, como da colectividade.

Numa sua passagem célebre, também Charles Maurras (de quem António Sérgio um pouco apaixonadamente nos tem como «escravos intelectuais») virá em auxílio da posição, aparentemente paradoxal, em que me coloquei, ao aceitar sem maior relutância, para os integralistas, o apelativo de «almas republicanas». Diz Maurras, com efeito, algures, que «le mot république a un sens raisonnable: même après le rétablissement de la Monarchie, il pourra être conserve dans ce sens primitif que désignait l’étendue des affaires communes… En revanche, démocracie doit être rayé, banni et oublié, comme pur synonyme de dégénérescence, expression de la désorganisation et de l’émiettement, épave linguistique de ce que le régime de la république eut jadis de plus funeste. C’est la démocracie qui est l’élément anarchique de la république; c’est la démocratie qui est l’élément pernicieux du socialisme».

Evidentemente que António Sérgio não concorda. Se concordasse, que alegria para nós e que reforço de alto talento para a causa nacional! Mas entendo, como António Sérgio entende, a necessidade que há, entre «homens livres», de delimitar responsabilidades e de fixar órbitas. Por mim, não pretendo outra coisa, para leal e justa compreensão daquilo que é lícito pedir-se-me e do ponto até onde é possível chegar-se, de modo que, atribuindo às palavras de António Sérgio a significação em que as recebo, sinto naturalmente que elas se me ajustam sem constrangimento.

Ponderará António Sérgio que no depoimento de Maurras passa uma ideia errada de democracia. Não o discutiremos agora! Mas, sem dúvida, António Sérgio concede que «democracia» para Charles Maurras e para todos os tradicionalistas vale como individualismo. Ora em combate franco ao individualismo na sua maior manifestação: — a Plutocracia, nos achamos aqui, neste reduto, dando as mãos fraternalmente, criaturas provindas dos mais diversos sectores do pensamento humano, desde o senhor Raul Proença (saúdo com respeito o meu adversário!), impugnador incansável das verdades semeadas pelo integralismo, até ao meu reaccionarismo, cada vez mais justificado, mais consciente e mais indefectível.

Eis um facto que incontestavelmente prova, não só que a António Sérgio não satisfaz a «democracia» como ela é (e António Sérgio não o oculta, quando distingue entre democratas século XIX e democratas século XX), mas que, para a rectificar e organizar, nos agrupa a nós, integralistas, nos poucos núcleos portugueses susceptíveis de trabalharem pela sua reforma e melhoramento. Não bulirei na respeitável utopia de António Sérgio. Na guerra ao que reputamos como inimigo comum, — a Plutocracia e o Partidarismo, — apenas nos cabe falar do que nos une e não do que nos separa. Decerto que um integralista se encontra mais perto dum «radical século XX», como António Sérgio, do que de qualquer avantajado corifeu da ignóbil mentira caída em 5 de Outubro de 1910.

Com toda a sua rica experiência psicológica, Léon Daudet (não se arrepie, António Sérgio!) não hesita em declarar num dos volumes das suas Memórias que a um monárquico-liberal, — matéria morta em total desagregação, — prefere o convívio e a prática dum extremista, porque, no seu negativismo, é sempre um afirmativo virado do avesso. Não é esse o caso de António Sérgio, de inteligência tão trabalhada pelas correntes orgânicas do nosso tempo, e, ao nosso lado, um demolidor tão convencido do romantismo verbal, de que padece a mentalidade portuguesa. É lógica, portanto, a nossa aproximação, — e com honra o digo, porque, descontadas as nossas divergências, não de pessoas, mas de finalidade, António Sérgio e os seus companheiros marcam na podridão ambiente uma notável reserva de saúde e bravura moral.

O que lamento é que tais divergências não sejam tão superficiais como António Sérgio o supôs. Exactamente porque os integralistas se têm como «almas republicanas» é que a instituição monárquica não é para eles um detalhe decorativo, ou episódio de museu. Sustentando uma teoria imprevista sobretudo porque remexia de alto a baixo os conceitos estabelecidos, Fustel de Coulanges opinava que o verdadeiro regime democrático (para Fustel «democracia» correspondia ao «republicanismo» do senhor Bonald) era a Monarquia, enquanto que a República era o regime aristocrático (ou oligárquico) por excelência. Fundamentava o autor de La Cité Antique a sua teoria com os ensinamentos de antiguidade clássica, em que a tirania e o cesarismo foram governos conscientemente populares, não sucedendo o mesmo com as situações republicanas saídas de castas fechadas e absorventes, qual aconteceu na Idade Média e no advento do Absolutismo, com as monarquias europeias, centralizando, para arrancar as camadas humildes às consequências opressivas da dispersão da soberania pelos poderosos do sangue e da propriedade. O mesmo ocorre na nossa época, mudando um pouco os nomes às coisas.

Porque evita a quebra e dispersão da soberania, (pertença exclusiva do Estado, que as democracias contemporâneas, vítimas do atomismo da sua natureza defeituosa, distribuem atrabiliariamente pelas várias classes em que se pulverizam) é que na nossa desconjuntada Europa o recurso à ditadura se tornou o pão-nosso de cada dia. O que é o recurso à ditadura, como garantia das liberdades públicas, — e não da Liberdade metafísica dos códigos! —, senão o apelo para a força coordenadora da Monarquia? Nada faria de positivo Primo de Rivera, precipitando a Espanha na guerra civil, se não lhe acudisse como apoio legalizador o prestígio histórico da realeza. Republicano de origem e de doutrina, porque foi, senão por isso, que Mussolini confiou à Monarquia o destino e a viabilidade da sua acção governativa? De resto, já Mazzini, republicano como o actual dux do Fascismo, acabou por reconhecer nas instituições monárquicas o único agente eficaz da unidade italiana. Idêntica atitude assumiu no seu país o republicano Nansen, chamando ele próprio para o trono um príncipe estrangeiro, ao separar-se a Noruega da Suécia. E na Alemanha, — na Imperial República, — como interpretar a decisão do General Steecht, suprimindo a existência de todos os partidos, senão como um acto monárquico, em que a lei do interesse colectivo prevalece sobre a lei da opinião pública, base fundamental duma democracia?

E basta! Creio suficientemente assinalada a perfeita coerência com que nós, integralistas, «almas republicanas», defendemos a Monarquia como fecho e remate da nação organizada. No restante, pelo que toca às partes, e não ao todo, coincidimos sinceramente em muita solução com os «democratas» que figuram nesta trincheira ombro a ombro connosco. Anima-nos o mesmo fogo sagrado contra a barbária dos tempos presentes, — é nosso comum mandamento desafrontar o claro sorriso de Minerva das fumaradas insolentes de Vulcano. Chamaram por nós num brado de heróica mocidade. A esse brado respondemos, porque respondemos sempre a tudo que seja por Portugal e a que não falte o selo dignificador da inteligência. Demonstramos assim que não somos um partido. E se, como monárquicos, arde em nós o gosto sublime de servir, é servindo que as nossas «almas republicanas», segundo a lição de Bonald, oferecem ao país dividido um exemplo de necessária e fecunda conciliação. Que lhe aproveite, e se volva num título de maior e mais ampla justiça para com o Integralismo!
- António Sardinha

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Uma “dedicatória” curiosa

Hoje tirei a tarde para procurar livros que já não se encontram nas livrarias, na biblioteca da universidade. Por entre vários livros, encontrei uma dedicatória curiosa. Na primeira página do livro “A Questão Ibérica”, da autoria de vários integralistas, entre os quais António Sardinha, pode ler-se o seguinte:
«A sua excelência, Senhor Governador Civil de Lisboa, para que directamente aprecie o anti-patriotismo de António Sardinha, seus companheiros e discípulos. Lisboa, 24/II/927»

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Juan Domingo Perón y el socialismo nacional: la empresa para quien la trabaja

A ler aqui.

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O totalitarismo democrático

O totalitarismo democrático em acção. A ler aqui.

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Dúvidas...

- Existiram umas Mílicias Lusitanas fundadas por Rolão Preto?
- Portugal foi "co-beligerante" com os Aliados durante a II Guerra Mundial?

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Três coisas que me irritam nas "reportagens" sobre o nacionalismo

Há três coisas que me irritam verdadeiramente nas reportagens sobre o nacionalismo em geral e o PNR em particular. As mentiras, os exageros, as deturpações, as citações truncadas, tudo isso junto não me irrita tanto como estas três coisinhas.
1ª. Confundir facho com fascio;
2ª. Trocar a sigla - normalmente o PNR é PRN;
3ª. Dizer, na mesma frase, quatro ou cinco vezes a expressão "extrema-direita" (ex: O PNR, partido de extrema-direitam convocou uma manif. de extrema-direita, porque a extrema-direita é contra a imigração; segundo os manifestantes de extrema-direita blá blá).
As mentiras, deturpações, exageros e citações truncadas não me irritam tanto como estas três coisas juntas. É que de mentiras e deturpações já estamos à espera, os "jornalistas" limitam-se a fazer o seu papel, agora estas três coisas são completamente escusadas e só podem ser o resultado da estupidez crónica de alguns “jornalistas”.

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Repitam comigo senhores jornalistas

Um fascio não é o mesmo que um facho (= chama)... Um fascio não é o mesmo que um facho (= chama)... Um fascio não é o mesmo que um facho (= chama)... Um fascio não é o mesmo que um facho (= chama)...
Até aprenderem!

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Liberalismo, Aborto y crisis demográfica

Hace no demasiado tiempo, los diarios españoles se hicieron eco del brutal incremento de aborto voluntario en España. El problema ético sigue estando ahí, si bien se suele ocultar a la ciudadanía con el pseudodebate de los derechos. El aborto no seria una cuestión ética, sino un derecho fundamental, del que las mujeres han estado privadas durante siglos. Quien esto admite, supone que el aborto no es otra cosa que una operación quirúrgica donde se extrae del cuerpo femenino algo que supone un problema. En definitiva, algo no muy diferente de una operación de cirugía para aumentar el tamaño de las mamas.

Sin embargo la cuestión real es otra, porque de hecho todas las técnicas abortivas suponen, primero, matar al feto y, después, extraerlo. Esto no sucede en una operación de apendicitis. A veces se deja al feto en una situación tan lamentable que fallece en el exterior, difuminando con ello la frontera entre el aborto y el delito de infanticidio tal y como aparece en el Código Penal. Los métodos abortivos -marcadamente sádicos- van desde la asfixia e intoxicación por formaldehído hasta las quemaduras con solución salina o la vivisección. Existe incluso otro procedimiento en el que se extrae al feto, se le abre la cabeza y se le absorbe el cerebro. Lógicamente, todo esto es ocultado para plantear con más asepsia el ridículo debate de los "derechos", si bien lo que nos ocupa aquí es la presunta "utilidad" de eliminar anualmente en España varios miles de nacimientos de futuros españoles, algo a lo que ni PP ni PSOE han sido ajenos.

Aparentemente el aborto no beneficia a nadie salvo a los buitres que viven directamente de este negocio. Pero por desgracia la cosa va más allá. José Javier Esparza se preguntaba hace poco, en un artículo notablemente analítico publicado en Elsemanaldigital.com, a quién beneficiaba la existencia de un millón de inmigrantes ilegales y desempleados en España.

La respuesta es que beneficia a los mismos que sacan algo con la decadencia demográfica ocasionada, entre otros, por el aborto. El "invierno demográfico" reduce a medio y largo plazo la capacidad manufacturera de un país merced a una caída drástica de la tasa de renovación generacional. Paralelamente, la disminución del número de nacimientos acarrea el envejecimiento de una población, cuyos gobernantes se ven impotentes para sostener el sistema económico. Este mismo "invierno demográfico" acarrea inmigración en calidad de fuerza-trabajo, si bien, naturalmente, una fuerza-trabajo que ya no tiene los requerimientos culturales y de estándar de vida de los autóctonos; más bien acepta sin rechistar el progresivo recorte de derechos sociales y de poder adquisitivo de los salarios.

No es de extrañar, por tanto, que el informe de la Comisión Rockefeller "sobre el crecimiento poblacional y el futuro de América" recomiende que "las leyes del aborto sean liberalizadas", que "los gobiernos federales, estatales y locales sostengan con fondos los servicios para abortos" y que "el aborto sea incluido específicamente en los seguros de salud tanto públicos como privados". Junto a la familia Rockefeller, sumos sacerdotes impulsores de la globalización en todo el planeta, a través de fundaciones, universidades, seminarios y una poderosísima red de influencia, la izquierda mundial, que alienta el aborto como "derecho", cumple bien en esto como en otras cosas su papel de dócil mamporrera del neoliberalismo. Y es que unos y otros comparten el objetivo común de sojuzgar a los pueblos libres del mundo, aunque para ello tengan que vender lo que no puede tener comprador sensato.

- Eduardo Arroyo

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Comentário pilhado no Fórum Nacional e que me parece pertinente

Os Nacionalistas não querem expulsar ninguem com base exclusivamente na Raça. O que contestamos acima de tudo é o absurdo da invasão de que estamos a ser vitimas neste momento quer na generalidade da Europa quer no caso particular de Portugal! A nossa oposição não é especificamente a Raças nem étnias, mas acima de tudo a politicas levadas a cabo por politicos brancos que em função de um conjunto de promiscuidades que possuem com lóbis, promovem esta imigração massiva que nos ameaça enquanto Raça e enquanto Povo na sua identidade e ancestralidade! A Pátria, para nós, é um prolongamento natural da familia, e numa familia de raça branca não é suposto haver pretos. Pode acontecer a essa familia ter VISITAS de outra raças, mas não é natural que as visitas cheguem a casa dessa familia e desatem a pôr os pés em cima da mobilia e a cuspir para o chão! A esses leva-se por uma orelha para a rua. Imigração irá haver sempre! Aquilo que nós recusamos é a invasão de individuos provenientes de Países do 3º Mundo, que vêm encher os bolsos aos tais lóbis que falei atrás, e que a prazo vêm baixar o nivel médio salarial porque aceitam trabalhar por valores inferiores aos praticados no País, colocando os Portugueses ante a opção de se sujeitarem a aceitar a esses valores ou nem sequer ter trabalho, porque existe o capital de mão de obra imigrante barata ao dispor dos empregadores! Repatriar sim os ilegais, os improdutivos e os criminosos, numa 1ª fase, estancando simultaneamente novas entradas de imigrantes. Numa fase subsequente, fazer uma análise exaustiva dos que são efectivamente necessários ao País, e que estão socialmente integrados, tudo o resto repatria-se! Se os politicos roubassem menos, e os lóbis económicos não fossem tão gulosos, o salário médio dos Portugueses subiria imediatamente e o recurso à mão de obra imigrante deixaria de fazer sentido porque apareceriam Portugueses a querer fazer os tais trabalhos que se diz que já não querem fazer! Mentira, os Portugueses querem fazer todos os trabalhos só que ninguem quer hoje em dia trabalhar nas obras por 300 euros mensais, que é o que se paga a um Africano, um Brasileiro ou um individuo de Leste! A prova está no facto de no Luxemburgo (por exemplo) termos emigrantes nossos a trabalhar na construção civil! Claro, no Luxemburgo o vencimento médio está bem a cima dos 3 mil euros, por esse dinheiro qualquer um de nós trabalhava nas obras! Essa questão dos imigrantes serem necessários para realizar determinados tipos de trabalho é uma falsa questão que visa simplesmente legitimar a entrada de mais e mais imigrantes, com o propósito de engordar um conjunto de previlegiados, a quem interessa perpetuar esta situação, e que não são minimamente afectados por ela socialmente; não se deslocam em transportes publicos, vivem em condominios fechados e têm os filhos em colégios caros longe das escolas em que os miudos pretos partem tudo, maltratam os professores e impedem a aprendizagem dos nossos filhos! Neste momento em Portugal atingimos o ridiculo de não se fazerem repatriações de ilegais, por não existirem verbas para o fazer, o que vai transformar esta País, a prazo, em algo de inqualificavel a nivel social, porque esse facto vai ser devidamente utilizado pelas redes de tráfico de imigrantes, que rápidamente vão perceber que se pode entrar na Europa com a maior das facilidades!

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Pilhada no novo site da JN

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Virtudes da Cooperação

A COOPERAÇÃO REGULA OS PREÇOS E RESOLVE AO ESTADO OS SEUS PROBLEMAS

Nos países de economia liberal ou capitalista, em que o produtor e o comerciante ou distribuidor de géneros ou produtos persegue actividades lucrativas no seio das quais se talham os preços que hão-de exigir-se ao consumidor, a cooperativa exerce uma acção de «controle» ou de vigilância que é altamente benéfica aos que não têm possibilidades de defender-se de injustificados aumentos de preços. Não só numa economia livre: mesmo nas dirigidas — fenómeno que certamente não foi previsto pelos pioneiros de Rochdale — o sistema, graças aos seus méritos intrínsecos tem uma acção positiva em prol do bem comum. Como se verifica nos países de política totalitária, em que o Estado absorveu ou absorve todas as funções de direcção e fiscalização, canalizadas todas elas em determinado sentido, as cooperativas, a não ser talvez na Alemanha, onde o furacão político quase as extinguiu por mais insensato e mais violento, deram sempre provas de constituírem um real valor económico e uma fórmula feliz de defender o interesse do consumidor sem prejudicar, do lado do produtor, os seus legítimos e justos interesses.

Convém expor alguns factos comparativos de que a cooperativa defende sempre, mesmo nas épocas de crise, em que normalmente se encontra mais à solta o instinto de usura e de ganância, o interesse do consumidor, pondo um travão nas ambições desmedidas de produtores e comerciantes. Sim, defende sempre o seu interesse e além disso revela em todas as conjunturas a sua generosidade de proceder, o seu humanismo de instituição que outra coisa não deseja que servir. Servir, só servir. Quando em 1909, uma poderosa organização de fabrico de margarina na Suécia elevou sem razão os preços de venda ao público do seu produto, a União das Cooperativas fez-lhe sentir a ilegitimidade da medida e solicitou dos fabricantes a anulação do aumento. A empresa, escudada em cálculos e previsões feitas, não anuiu ao pedido, motivo por que as cooperativas, num legítimo direito de defesa económica de seus sócios — e de todo o consumidor, como veio depois a verificar-se — fundam uma fábrica de margarina e passam a vendê-la a toda a gente com uma redução de 20 por cento em quilograma. Com as lâmpadas eléctricas deu-se o mesmo na Suécia onde também para elas não havia preço razoável. Aumentos sobre aumentos, oneravam constantemente o produto que chegou a atingir um preço que foi considerado escandaloso.

Resolve a União Cooperativa estudar o assunto; e, munida dos necessários e preciosos elementos, vai para o «trust» a quem procura convencer do exagerado preço por que ele estava vendendo a lâmpada eléctrica. Os dirigentes da organização fabril não deram ouvidos à União: sorriram-se até da ameaça que os seus representantes, dela, esboçaram, ao dizerem que a União Cooperativa poderia também fabricar lâmpadas eléctricas.

Esse estado de espírito durou, porém, pouco: apenas o tempo necessário que precisou a União para encetar os trabalhos de construção da fábrica. Neste momento o «trust» baixa os preços das lâmpadas e torna a baixá-los por duas vezes até ao dia da inauguração do estabelecimento fabril cooperativo que inicia a venda do artigo por um preço inferior em 37% ao do seu impenitente competidor.

Outros casos idênticos se deram com o calçado, os óleos, as farinhas, os flocos, os pneus, etc. Sempre as cooperativas lutaram com êxito para defender um preço julgado justo, o que igualmente aproveitou a sócios e a não sócios de suas instituições.

Fora deste aspecto de reguladora dos preços em que a sua acção foi sempre fecunda, outro há a registar ainda — o de uma honestidade inconcussa na distribuição dos produtos ao consumidor, o que não é para este vantagem pequena. Toda a gente sabe que na cooperativa os pesos e as medidas são certos, quer dizer, o quilograma e o litro não têm menos de 1000 grs., nem de 10 decilitros. Não se tira a ninguém em proveito exclusivo de outrem para avolumar lucros e fazer fortuna. Não. A César o que é de César, moral cristã que a cooperativa defende e segue como programa rígido.

Por ser assim se tem ela imposto a populações e governos que recorrem a ela, para resolverem problemas sérios em épocas difíceis. Podemos dar exemplos.

Quando em 1943 se deu uma escassez de géneros alimentícios na cidade de Colombo, na ilha de Ceilão, houve necessidade de fazer um rateio pela população, encargo que foi cometido à municipalidade. O serviço não agradou, porém, à maioria pois se verificava que a lei não era igual para todos: larga para uns e estreita para outros. Uns recebiam muito e outros recebiam pouco, o que deu azo a que o Governo promovesse na cidade a fundação de cooperativas.

Constituídas elas e feita por elas a distribuição do arroz, do açúcar, etc., nunca mais se verificaram desmandos, nem reclamações. Tudo passou a funcionar sem atritos.

Caso idêntico se deu em França com as importações feitas da Argélia durante a última Guerra Mundial. Pela porta do chamado mercado negro tudo se escoava do comércio particular em busca de maiores lucros. E a clientela passou a não ter que comer ou a pagar os géneros muito mais caros do que devia. O ambicioso não tinha pena dos menos remediados. O que era preciso era ganhar.

Como a situação se complicasse e os distúrbios se anunciassem o Governo encara o problema, estuda-o e deduz que só a cooperativa poderia resolvê-lo. E retira ao comércio privado os «stocks» que costumava receber para venda e entrega-os às cooperativas para fazerem elas a integral distribuição a toda a gente.

Facto igualmente honroso para a cooperação é o que se passou entre nós há uns quinze anos no concelho de Almada por ocasião de uma escassez de azeite que estava sendo vendido ao público em sistema de rateio. Cada família recebia uns tantos decilitros dele por semana, quantidade diminuta, sem dúvida, mas todos fregueses e sócios do comércio e das cooperativas, lá se iam remediando.

Tempos depois de imposto o sistema de distribuição pelas autoridades concelhias o azeite falta nas mercearias. Em nenhuma aparece e o freguês deixa de o receber. Como é, porém, possível isto se as cooperativas continuam distribuindo o azeite aos sócios? — perguntam uns e outros, intrigados e confusos.

A resposta veio breve. O azeite não desapareceu. O azeite mudou de rumo apenas. Ingressou no departamento do tal mercado negro onde passou a render o dobro ou o triplo. E quem precisasse dele que o fosse lá comprar.

Descoberto o delito, aplicou a autoridade o castigo: retira ao comércio privado todo o azeite que costumava receber e entrega-o às cooperativas do concelho para que fizessem elas a distribuição a todo o consumidor. Escusado será dizer que o mercado negro do azeite acabou no concelho de Almada e que a ninguém mais faltou o azeite para temperar o seu «fiel amigo».

Epílogo deste episódio que ficou registado a letras de ouro nos anais das cooperativas: O lucro que elas auferiam, com a distribuição do azeite aos fregueses das lojas de mercearia foi integralmente entregue pelas direcções cooperativas à Misericórdia do concelho de Almada. Não ficaram com ele. Foi auxiliar os doentes e os velhinhos que jaziam nos hospitais em busca de alívio para os seus males.
- J. Dias Agudo, "Virtudes da Cooperação"

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Virtudes da Cooperação

A COOPERAÇÃO CRIA O VERDADEIRO «JUSTO PREÇO»

É fácil verificar que toda a gente produz e consome, exceptuando, é claro, as crianças, os velhos e os doentes. E, assim, toda a pessoa se enquadra no binómio produção-consumo, quer a que trabalha a terra e produz o artefacto, quer a que no ofício ou na profissão liberal, medicina, advocacia ou magistério, exerce a sua actividade quotidiana. Produzem e consomem, por conseguinte, o trabalhador rural e o operário da fábrica, o alfaiate e o escriturário, o médico e o enfermeiro, o advogado e o procurador, o professor e o juiz. Tudo produz, mas o que é certo é que, por defeito de observação que vem de longe, só têm sido consideradas como produtoras as pessoas que produzem o pão e o vinho, promovem a criação do gado e a apanha do peixe, ou exploram a fábrica do pano e do calçado.

Este erro de observação, facilmente verificável por quem quiser olhar em torno de si, criou à produção uma situação de preponderância e de atenções que se não coaduna com o seu fim, o qual é precisamente o de servir o consumidor. Este, elucidado agora, quer também ser ouvido, e com razão; e o facto de ter sido sempre esquecido quando se trata de conceder ao produtor direitos que a ele se recusam, criou entre ambos um litígio que se agrava constantemente.

Para conciliar, na prática, a oposição de princípios que a interpretação do binómio tem tido, procurou-se, de há muito, uma plataforma que resolvesse o diferendo. Essa plataforma de resolução seria um justo preço a pagar pelo consumidor ao produtor na aquisição que a este fizesse dos géneros ou produtos.

Grandes espíritos empreenderam trabalhos nesse sentido, e vale a pena apresentar aqui o que pensaram dele alguns dos maiores.

S. Tomás d’Aquino, o Doutor angélico da Igreja, como se lhe chama, e que também meditou sobre o assunto, disse que o justo preço tinha por base as despesas feitas pelo vendedor ou a privação que ele sofre pelo facto de ceder a coisa a outrem, e não, de forma alguma, as necessidades do comprador. Acrescenta, contudo, que o vendedor não deve abusar das necessidades do comprador para aumentar os preços. Definição vaga e imprecisa, como se vê.

Aristóteles queria que vendedor e comprador, no acto da troca, fizessem para se decidir a seguinte pergunta a si próprios: Que preço desejaria eu que me fizesse o vendedor, se eu (vendedor) fosse o comprador? E vice-versa. Fórmula vaga, também, para resolver um problema de natureza prática.

Houve, depois, quem dissesse que justo preço era o preço corrente, o resultante da oferta e da procura, ao qual se opôs Platão, apresentando como justo o preço determinado pela razão. Escreveu ele em suas Leis: «Os fiscais das leis em assembleia com pessoas competentes examinarão qual é a receita e qual é a despesa que darão ao comerciante um lucro razoável, feito o que se fixará por escrito o que o comerciante poderá exigir do comprador…» Lucro razoável… E onde está a bitola rigorosa que determina este lucro?

Não: isto não está bem ainda. O justo preço deve ser o preço de revenda do produto ou do género em primeira-mão. Preço do custo de produção, adicionado de certa percentagem para despesas gerais com empregados, casa (quando seja caso disso), impostos, etc. A dificuldade está em determinar qual o montante dessa percentagem. Mas o critério não parece desarrazoado. Preço de custo, mais uma percentagem… Sim: mas este preço implica venda directa ao consumidor. E nos casos em que a venda é feita a um, dois ou mais intermediários antes que o produto chegue às suas mãos?

Vemos que o problema não está resolvido, a menos que aceitemos como boa a organização que permite a existência de elementos parasitários onerando o produto. Como há-de, então determinar-se o justo preço, que há-de ser aquele precisamente que esteja isento de qualquer adicional para o intermediário entre o produtor e o consumidor?

Esse preço só pode encontrar-se na cooperativa de consumo quando ela seja ao mesmo tempo cooperativa de produção. Não é utópica a doutrina. Uma cooperativa a distribuir e a produzir é hoje corrente no mundo. Fá-lo o movimento cooperativo de consumo inglês, por exemplo, que tem ao seu serviço duzentas fábricas de vária natureza. Fazem-no as cooperativas suecas, com as suas oitenta ou mais fábricas, as suíças, as francesas já em certa medida, e outras muitas o poderiam fazer se todas pusessem os olhos nestes exemplos edificantes.

Convém explicar como é que se obtém o justo preço por meios cooperativos.

Como se sabe, a cooperativa de consumo não persegue lucros. O seu fim é subtrair os sócios à exploração desenfreada do produtor e do intermediário (sobretudo à deste) fornecendo-lhes géneros e produtos nas melhores condições de preço e qualidade, e empregar o excedente dos rendimentos sobre as despesas gerais em obras de cultura, assistência, etc., ao sócio, de maneira a melhorar a sua situação económica e enriquecer o seu espírito. Como entrega o produto ao sócio pelo preço que o vende ao freguês o comerciante privado, a cooperativa tem no fim do ano certo aumento de capital, que ela em seguida devolve ao sócio, porque o não quer para si, pois não pretende fazer fortuna. Esta restituição, o retorno, como se diz em linguagem de cooperação, corresponde ao lucro do comércio, mas este, como se sabe, entra na gaveta do comerciante. Não volta à origem.

Portanto, quando o sócio recebeu da cooperativa um quilo de açúcar facturado em 6$80, por exemplo, não pagou por ele um justo preço: pagou mais. Mas como no fim do ano recebeu esse mais, retornado, esta operação de restituição do mais que pagou, corresponde a fazer a devida correcção no preço do açúcar. Recebido o retorno, o sócio pode dizer, então, que pagou pelo açúcar o seu justo preço.

Compreende-se que este preço será tanto mais justo quanto mais na origem a cooperativa for buscar os seus artigos para distribuir aos sócios. É por isso que a cooperativa de consumo que alargou as suas actividades ao campo da produção constitui a associação ideal para fornecer ao consumidor o verdadeiro, razoável e justo preço. Nenhuma outra organização o poderá conseguir com maior rigor.

- J. Dias Agudo, "Virtudes da Cooperação"

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Virtudes da Cooperação

A COOPERAÇÃO FACILITA A TODOS O ACESSO A PROPRIEDADE

Diz um provérbio francês: «O meu e o teu têm, sido causa de grandes contendas». É verdade. O meu e o teu têm produzido muitas disputas, muitos desacordos, muitas lutas e muitas guerras sangrentas. É por causa do teu e do meu que tantos irmãos se zangam, que tantos vizinhos discutem e se odeiam, que tantos povos se batem e se digladiam, que tanto em perigo todos estamos com os poderes que hoje existem de destruição e de morte. O meu e o teu têm sido um flagelo para a humanidade. Porque não substituí-los então pelo nosso, pelo que é de todos e não pelo que é só de um?

O dr. Charles Gide abordou este ponto quando expôs uma outra virtude da cooperação, que é, uma vez mais, fórmula feliz de resolver dificuldades grandes.

Disse ele:

É uma grande alegria para um homem poder dizer: a minha terra, a minha casa, o meu jardim, os meus rendimentos — alegria que não é de modo algum proporcional à extensão da terra, às dimensões da casa ou do jardim, ao montante das rendas — alegria perfeitamente legítima, aliás, quando tem por objecto bens ganhos pelo trabalho e que responde sem dúvida aos mais profundos instintos da nossa natureza, à prova dos esforços que sempre os homens fizeram para a procurar.

Todavia, os colectivistas querem suprimir este elemento de felicidade que ocupa um tão grande lugar na existência humana. No regime que eles desejam não haverá proprietários de terras ou de casas como não haverá capitalistas, grandes ou pequenos. E porquê? Porque a propriedade individual — dizem — é uma forma de monopólio, um meio de exploração. Talvez; é então preciso corrigi-la, não suprimi-la. O fim das reformas sociais não deverá ser aumentar, em vez de diminuir, a soma de felicidade que pode existir presentemente neste inundo? Ela é já tão pequena!

É aí que está precisamente a vantagem da cooperação. Esta tem por fim, não suprimir a propriedade individual, mas torná-la acessível a todos, se não em forma de propriedade puramente individual, em forma pelo menos, de co-propriedade. Na sociedade de produção ela faz dos operários co-proprietários de seus ateliers, máquinas e instrumentos de produção; na de construção, fá-los co-proprietários de casas; na de crédito, banqueiros de si próprios, e na cooperativa de consumo não somente torna os operários co-proprietários dos armazéns, mas eventualmente ainda das fábricas nascidas destes armazéns e das quintas compradas por eles para as culturas de tantos produtos necessários aos sócios.

Quando os homens disserem: nossa terra, nossa casa, nosso armazém, nossa fábrica — e puderem sentir ao empregar o pronome possessivo colectivo a mesma alegria que sentem quando empregam o pronome possessivo pessoal meu — então sim! — isso será o bastante para indicar que um grande progresso moral se realizou.

Além disso, a Cooperação espera que, generalizando assim a propriedade com todos os benefícios que o facto traz, lhe atenua também seus perniciosos efeitos. No dia em que esta República Cooperativa que ela sonha for completamente realizada, ver-se-ão as grandes companhias mineiras e seguradoras, os bancos, os grandes armazéns, as fábricas, talvez mesmo as explorações agrícolas, numa palavra, tudo o que no regime actual toma a forma de sociedade por acções, ver-se-ão nesse dia — digo— todas elas tomar a forma cooperativa.

E nada disto impedirá que se faça a grande produção, mas esta, em vez de estar nas mãos dos grandes proprietários ou dos grandes capitalistas estará, sim, a cargo dos pequenos proprietários e dos pequenos capitalistas associados.

E daí resultará o seguinte: esta propriedade, num Estado social em que a cooperação seja a única forma industrial, não poderá apresentar desigualdades tão grandes como as de hoje. Porquê? Porque hoje, toda a riqueza nova é feita como se faz a bola de neve, rolando, rolando… uma vez que os dividendos são atribuídos ao capital, ao capital preexistente. Quanto mais se mover mais aumenta. Mas nas sociedades cooperativas, não. Quaisquer que elas sejam — de consumo, produção ou de crédito — os benefícios de sua actividade nunca são distribuídos em proporção com o capital-acção, mas sim au pro rata, quer dizer, proporcionalmente ao trabalho ou ao consumo. O barão de Rothschild, se fizesse parte duma sociedade cooperativa de consumo não receberia muito mais de retorno que um operário associado, pai de dez filhos. Tudo depende das aquisições que o sócio fizer à cooperativa durante o ano». E ele, barão, não poderia ter muito maior consumo que um pai de numerosa prole. E quem sabe, mesmo, se menos.
- J. Dias Agudo, Virtudes da Cooperação

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Virtudes da Cooperação

A COOPERAÇÃO SUPRIME A PREOCUPAÇÃO DO LUCRO

Esta ideia de lucrar ou ganhar, tão própria do sector que se entrega à produção e à distribuição de géneros ou produtos pela população de um país, é uma espécie de vertigem que atrai os homens no intuito de aumentar seus rendimentos e cabedais, e daí, sua comodidade e seu nível económico, nem sempre — ai de nós! — para os fins mais legítimos. Porque se o fosse, se um homem se preocupasse com o aumento dos seus réditos para os aplicar em obras que interessam ao comum: escolas e institutos de educação ou investigação no sentido de minorar a dor humana, hospitais, asilos, creches… ou para garantir a pessoa contra o acidente no trabalho ou a sua invalidez na velhice, então o lucro ansiosamente procurado poderia ter a sua justificação aos olhos mesmo dos mais inconformistas. Mas quantas vezes ele serve apenas para aumentar o vício de uns e a miséria de outros, a prepotência de muitos e a humilhação sobre tantos. Do lucro exagerado à iniquidade há por vezes um passo muito curto, e há sempre uma injustiça entre o que o recebe e o que é forçado a cedê-lo.

Daí um despeito e um descontentamento, um espírito mesmo de revolta contra a situação que ele cria entre as classes trabalhadoras.

Porque não procurar então remediar a situação, se há um meio eficaz de o fazer?

Sobre esse meio ou instrumento, a cooperativa, diz o dr. Charles Gide:

«O lucro é, nesta nossa organização económica o único estimulante da produção. Quando se pensa na realização duma obra qualquer, arrotear e cultivar terras incultas, instalar novas indústrias, construir casas, abrir um canal ou um caminho de ferro — o único problema que se levanta não é saber se essas empresas respondem ou não a uma necessidade pública, mas sim se elas trarão algum lucro.

Responder a uma necessidade pública é razão para se fazer a obra, dizem os economistas, mas o certo é que nem sempre se faz. A criação de grandes canais de irrigação a partir do Ródano seria muito útil à produção agrícola de todos os departamentos do sudoeste da França: mas como os dividendos dessa exploração são duvidosos ou mesmo muito incertos, a obra não se faz. Seria utilíssimo, nas cidades, construir alojamentos para os operários: mas como as casas para ricos dão muito maior rendimento e este é mais fácil de cobrar, as casas para os pobres não se fazem. E o mesmo com muitas outras empresas que seriam socialmente muito úteis, mas que, por não trazerem aos accionistas o lucro considerado bastante, não se realizam.

Resulta pois daqui que o lucro, em vez de agir como esforço e estimulante da produção, age, muitas vezes ao contrário, à maneira de um travão que o sustém, de uma peça que o impede de funcionar abaixo de um certo limite.

Ora, é da essência da sociedade cooperativa — no que ela difere da sociedade capitalista — preocupar-se ela com as necessidades a satisfazer e não com os lucros a entesourar. E nisto — só nisto, nesta simples diferença de ideais, há toda uma revolução.

Uma sociedade cooperativa de mercearia ou de venda de carnes, por exemplo, tem por fim fornecer aos sócios géneros da melhor qualidade, mas não procura realizar proventos elevados; e, mesmo, se ela fixa um preço de venda superior àquele por que ela compra, não é isso para ela realizar lucros, mas, sim para atingir certos fins diferentes dos de natureza económica, rigorosamente falando: uma sala de leitura ou de reunião, divertimentos para os sócios, jogos autorizados, passeios e excursões, etc., e ainda para produzir directamente todos ou alguns dos géneros que distribui, o que algumas vêm fazendo com notável êxito. Tudo, como se vê, para prover às necessidades individuais dos seus membros e às necessidades colectivas da associação. Uma sociedade cooperativa de construção tem por fim construir as casas necessárias aos seus membros, mas não fazer destas casas um bom emprego de capital. Uma sociedade cooperativa de crédito tem por fim emprestar aos sócios os capitais de que eles possam vir a ter necessidade, mas nunca fazendo-os pagar elevadas taxas de juro.

No dia pois em que na grande sociedade todos os serviços económicos forem organizados cooperativamente, acontecerá o seguinte: tudo se fará com o fim de satisfazer as necessidades dos consumidores e não já principalmente com o de procurar lucros para os produtores. Não é isto justamente que reclamam os partidos que se dizem mais progressivos?

E que diremos de uma sociedade em que a economia de serviço, como é a cooperativa, não dá azo a reclamações do consumidor? Sim, porque num sistema assim organizado o consumidor já sabe que o preço por que lhe são debitados os géneros é um preço que não vem onerado com percentagens ilegítimas, sobretudo se eles não passam pelo intermediário como é o caso do sócio da cooperativa que também produz. Não será isto um meio de evitar atritos, dificuldades, aborrecimentos e azedumes e outras manifestações mais, de sérias complicações sociais que se produzem em volta do capital e do trabalho?


- J. Dias Agudo, "Virtudes da Cooperação"

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Virtudes da Cooperação

A COOPERAÇÃO SIMPLIFICA A DISTRIBUIÇÃO E DEFENDE O CONSUMIDOR

Diz um ditado antigo: «Lá, como cá, Mafaldas há» (ou más fadas há?). Assim é. Seja em França ou seja na Itália, na Bélgica ou na Grécia, na América ou no Japão, em Espanha ou em Portugal… por toda a parte se nota uma complexidade de vida, uma multiplicação de serviços, uma repetição de operações, uma sobrecarga de dificuldades de tal natureza, que muita gente pergunta se não seria possível reduzir tudo isto a um mínimo que trouxesse ao homem mais comodidade e menor despesa, mais sossego de espírito e menor exploração em suas relações forçadas com os outros homens.

Podemos responder a essas pessoas que há na verdade uma fórmula de organização económica e moral, simples, que pode evitar todo esse cortejo de atritos, perturbações, explorações, injustiças e arrelias que se verificam diariamente em volta do problema da distribuição ou venda ao consumidor dos géneros indispensáveis à vida. Sobretudo destes, que dos outros, os casos são em menor número.

Essa fórmula é a cooperativa de consumo.

Para demonstrar a afirmação vamos dar a palavra ao Dr. Charles Gide, como grande economista e cooperativista que foi, autor de uma História das Doutrinas Económicas e de outras obras que o impuseram à admiração de coevos e vindouros. Também ele focou na sua propaganda cooperativa este aspecto da complexidade da organização económica liberal então reinante e ainda hoje profunda, e ninguém o fez melhor do que ele.

Disse o Dr. Charles Gide numa das suas palestras: «A nossa organização social é uma máquina extraordinariamente complicada e, sem dúvida, digna de admiração. Faz lembrar um destes relógios que marcam não somente o dia e a hora, mas também o mês, as fases da Lua, os dias feriados e os anos bissextos. O certo, porém, é que aqueles relógios custam muito caro e avariam-se facilmente. Seria preferível um relógio mais simples que satisfizesse as nossas necessidades quotidianas.

Acontece o mesmo com o mecanismo social: custa muito caro e desarranja-se constantemente. Por conseguinte, seria muito útil simplificá-lo. Difícil? Impossível? Não! É fácil demonstrar que é perfeitamente possível esta simplificação.

Vêde que é que se passa com o alimento que ingerimos ao almoço ou com uma bebida com que o fazemos acompanhar. Seja por exemplo, o vinho. Por quantas mãos passa uma garrafa dele até chegar à mesa do consumidor?

Vejamos:

O proprietário que o faz de suas uvas e o engarrafa vende-o, por intermédio de um corretor, a um comerciante de vinhos duma cidade, o qual o revende, por intermédio de um outro, a um negociante por grosso que, por sua vez o transacciona com um outro mais modesto, ao retalhista, a quem, finalmente, o consumidor o comprou. Quanto pagou este, pela garrafa? Há vários preços, como há várias marcas. Isto é sabido. Mas suponhamos que pagou 5$00, ou mesmo 12, ou ainda 18.

O seu dinheiro vai percorrer agora o caminho que percorreu o vinho mas em sentido inverso: passa ao retalhista ou merceeiro, deste ao terceiro negociante, ao segundo seguidamente, ao primeiro, ao corretor, ao proprietário que o produziu… Simplesmente este não recebe os 18$00, nem os 12, nem os 5. Num vinho desta última categoria ele receberá, no máximo 2$00. Para quem foi o resto? O resto ficou pelo caminho, nas mãos dos que não trataram da vinha, nem apanharam nem pisaram a uva, nem envasilharam o mosto, nem encheram as garrafas. Ficou espalhado por essa rede de intermediários que elevaram para 5$00 ou mais um produto que era só de dois.

Já vistes como na aldeia, onde não há bombas, se apaga um incêndio? É com baldes de água. Forma-se uma cadeia de pessoas que vão recebendo da primeira, da que está junto do poço, os baldes cheios. A primeira passa à segunda, a segunda à terceira, a terceira à quarta… Mas com o pegar e largar a água vai se entornando e, quando o balde chega ao ponto de ser despejado sobre as chamas, não conterá mais que um quarto da água primitiva. O resto perdeu-se no caminho. O mecanismo comercial é tão atrasado como a cadeia no incêndio. Desperdiça os três quartos do valor das coisas e arruína ao mesmo tempo o consumidor, obrigando-o a comprar demasiado caro, e o produtor, forçando-o a vender muito barato — sem falar nos intermediários que, por serem muito numerosos, são levados muitas vezes à falência».

«A associação cooperativa suprime todas estas engrenagens inúteis; pelas vias mais directas, ela leva a riqueza das mãos do produtor, às do consumidor e o dinheiro deste às do primeiro: seja porque sob a forma de cooperativa de consumo os consumidores compram directamente o seu vinho aos proprietários — seja porque sob a forma de sindicatos agrícolas (ou cooperativas de produção agrícola) os proprietários vendem directamente ao público o seu vinho.

E o mesmo pode dizer-se dos outros produtos.

Os órgãos de transmissão devem ser reduzidos ao mínimo, porque, pela fricção ou atrito eles absorvem inutilmente a força viva. Isto é um princípio de mecânica; e é igualmente um princípio de economia política».

É nesta supressão do intermediário que está a simplificação e a virtude — uma das virtudes — da cooperação. É uma virtude que visa à defesa do consumidor e, portanto, à defesa de toda a gente.

Não seria por isso, necessário propagá-la, espalhá-la por toda a parte como um bem público? Nós cremos que sim. Todavia, poucos de nós o fazemos. Estamos na aldeia e não vemos as casas. Haverá miopia mais digna de comiseração?
- J. Dias Agudo, "Virtudes da Cooperação"

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Música nova

Ultimamente não tenho tido oportunidade de actualizar o blogue embora assunto não tenha faltado, desde a nova lei da imigração que está em preparação até à reportagem da RTP sobre a violência nas escolas e respectivas “averiguações” do Ministério da Educação… é tudo tão mau, que já não nos surpreende.

Mas como não actualizo ainda há mais tempo a “Rádio Vanguarda”, decidi dar-vos uma música nova para se entreterem no fim-de-semana. Trata-se de “Casualties”, música da banda americana “Break the Sword” (penso que o discurso que podemos ouvir no início é da autoria de Louis Beam).

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Mas que grande novidade!...

It is an uncomfortable conclusion from happiness research data perhaps - but multicultural communities tend to be less trusting and less happy.

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